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[ Humberto Valdivieso ]
Escuela de Letras
Universidad Católica Andrés Bello
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Venezuela en Leipzig, un archivo de signos que se bifurcan
Humberto Valdivieso
Una vez dentro de la sala TAC --donde está la muestra que tanto trabajo llevó a mi apreciada Carmen Alicia Di Pasquale-- un particular sistema de relaciones acaparó mi atención. Estaba viendo todo aquello desde la perspectiva de quien conoce la complejidad de curar el diseño. Y en ese proceso de reconocimiento, que nos ayuda a organizar el mundo en la conciencia cuando vemos algo por primera vez, saltó hasta mí una frase que me había acompañado durante mucho tiempo. Fue la asociación, visual y conceptual, entre el nombre Venezuela en Leipzig , la transparente estructura del montaje --con aquellos libros organizados en un disciplinado sintagma--, el video proyectado sobre una pared de la sala, el panel con la enumeración de los ganadores del Premio Gutenberg y la presencia de tres sobrias estelas que entre dos paneles de vidrio aprisionan un montón de cintas de papel --regadas en el piso con toda seguridad las hubiésemos señalado como sobras-- lo que extrajo de mi memoria las siguientes palabras de J.L. Borges: "dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan".
Ts'ui Pên --a quien el escritor argentino atribuye estas palabras -- fue, según el relato, "gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo". En algún momento de su vida "todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aún de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad" . La empresa que este extravagante sabio llevó a cabo reunió libro y laberinto en una novela infinita, circular, especular; donde todas las posibilidades son ciertas y factibles. Esto equivaldría a decir que, en las incongruentes páginas de aquel monumento, todas las semiosis también lo son. Semejante complejidad ocurre en un espacio literario. Ahí lo heterogéneo, polisémico y lúdico encuentran una justificación natural. No es, por supuesto, el lugar donde nos aferramos a la exactitud de lo racional. Y, sin embargo, es desde esa inestable plataforma donde me voy a arriesgar a construir algunas preguntas que me ayuden a pensar la exposición.
¿Es posible reunir, fuera de la literatura y el arte, en un espacio y tiempo real una red infinita de discursos, voces y lecturas sin aludir a un sujeto histórico sino a una conciencia estética? ¿Es Venezuela en Leipzig un evento conmemorativo o es una suerte de archivo --donde los signos nunca dejan de circular-- que reúne una condición de ser del diseño? ¿Acaso es posible que en el carácter disciplinario del diseño, en el libro como objeto cultural o en la muestra como espacio narrativo-informativo --o en las dinámica interacción entre los tres-- sea donde las complejas relaciones de este archivo se bifurquen y conecten a los espectadores con un laberinto de semiosis? ¿Es el cruce sostenido de estos componentes --que saltan de un país del tercer mundo a una antigua ciudad del primer mundo, de una fecha a otra, de un catálogo de arte a un libro de ictiología marina, de viejos impresores a precursores del diseño, de maestros europeos a discípulos latinoamericanos, de Gutenberg a Álvaro Sotillo, del tipo móvil a lo digital, del papel al vidrio, y del metal al video como sustentos materiales de todo aquello que se muestra en la sala TAC-- y no el diseñador en tanto individuo lo que sostiene esa condición de ser del diseño?
No creo posible responder cada una de estas preguntas en este sencillo escrito. Sin embargo, voy a tratar de aproximarme a través de unas primeras ideas. Lo haré desde los tres componentes que constituyen las relaciones semióticas de todo signo: materia, sustancia y forma. Asimismo, voy a moverme de lo conceptual, reunido bajo una propuesta de curaduría en el nombre Venezuela en Leipzig , a lo perceptual que ubicamos en el montaje.
La materia que sirve de sustancia a los seres humanos para crear contenidos es el pensamiento. En su carácter de materialidad ese pensamiento es amorfo, potencial e inabarcable. En él caben todas y cada una de las aseveraciones, falibles e infalibles. Es el universo de las ideas antes de toda estructuración. Circula sobre sí mismo una y otra vez, por lo tanto es dinámico como el libro escrito por Ts'ui Pên. Esa materia se actualiza en la sustancia y ahí queda diferenciada. Es decir, comienza a estructurarse para formar contenidos. Si perseguimos esta idea en el caso que nos ocupa, la muestra Venezuela en Leipzig , pudiésemos sugerir que ahí la sustancia reúne todo aquello que construyó el contenido de cada libro con lo pensado por el diseñador. Las normas de los premios y la tradición libresca de Leipzig. El diseño venezolano con su proceso de formación estético y conceptual hasta nuestros días. Los avances tecnológicos y la inconstante experiencia de curaduría y montaje de temas de diseño en nuestro país. Por ejemplo, si se trata de un catálogo de arte es aceptable aseverar que el pensamiento fue actualizado en el arte, el artista, el museo y las obras entre otras cosas. El diseñador, a su vez, pensó todo esto desde el diseño. Es ahí donde comenzaron a tomar forma las relaciones que llevarían, como un continuum, al libro y después a la lectura. Si subimos un nivel encontramos el conjunto de libros agrupados en la muestra. La sustancia, entonces, se expande en la biología, la historia y los discursos estéticos en general. En los conceptos de catálogo, folleto, libro, tomo, edición y colección. En museos, fundaciones o empresas. En artistas, colecciones, diseñadores, temas, disciplinas o ciencias. En Gutenberg, Leipzig, los premios, sus bases, los cánones internacionales para juzgar una pieza de diseño y el conocimiento especializado sobre la imprenta. Hacia las ideas técnicas y conceptuales de cada diseñador o equipo de diseño que trabajó en esas piezas, sus maestros, sus escuelas, sus charlas y sus teorías. La historia del diseño en Venezuela escrita por Armas Alfonzo, la experiencia en curaduría y montaje del Centro de Arte La Estancia en los años 90 del siglo XX, y el material completo investigado por la curadora para esta muestra. Todo amparado, para que pueda constituirse en ese complejo contenido que es Venezuela en Leipzig , en un código que no es otro sino el diseño editorial. Que no está atrapado en los libros como objetos sino suspendido en las correspondencias conceptuales que sostienen la sintaxis curatorial de toda aquella sala. Que visualmente nunca queda inmovilizado en el hermético montaje de los libros detrás del vidrio, sino que escapa como expresión a través de las rústicas lengüetas --que en su función de fichas caen por delante de la estructura hacia el espectador--, del video --que aporta movimiento--, de los libros fuera de la estructura de vidrio --pertenecientes a los premiados con el Gutenberg-- que se pueden tocar y de los textos de sala.
El salto informal de los datos técnicos --en esa ficha-lengüeta-- fuera del libro y de la diáfana estructura que los organiza en atriles de metal tiene para mí una importancia distintiva. No sólo me lleva una vez más a las palabras de Borges, también me refiere al inevitable atributo estético del diseño. Así como el retiro de ese ecléctico sabio en el "Pabellón de la Límpida Soledad" lo condujo a escribir una obra laberíntica y desproporcionada, ese espacio-archivo de la muestra lleva consigo el murmullo de lo lúdico. Aquel que para Barthes produce un cuerpo alterado en la lectura, de donde se desprende un principio de placer. Lo encuentro evidente en ese detalle que conecto con un texto del catálogo donde refieren a "algunos rasgos formales que permanecerán" en el diseño de Álvaro Sotillo después del libro Breve historia del grabado en metal : "la inquietud por otorgarle mayor organización a los contenidos a través de señales evidentes (cambios de papel), así como el cuidado en la composición del bloque de texto y su preocupación por integrar cada elemento de la página, sin disimularlos por considerarlos molestos para la composición.".
El plano expresivo de Venezuela en Leipzig lo apreciamos en la totalidad del montaje. Ahí no hay ningún misterio. No obstante, lo que despierta mi atención es cómo en su interior marca --no de manera rigurosa sino como una huella provocadora-- el camino inverso que conduce de la forma a la sustancia y de ésta a la materia. La condición indicial de huella --y aún más de lúdica que le atribuyo por la provocación-- tiene que ver con la imposibilidad teórica de recurrir a la abstracción de la materia desde alguna forma. Esto, en principio, no sería admisible si aceptamos que la materia de cualquier significante simbólico es informe e ilimitada. ¿Cómo podemos entonces apreciar una marca de esa imposibilidad? El montaje la sugiere en aquellas sobrias estelas que entre dos paneles de vidrio aprisionan un montón de cintas de papel. Líneas atrás dije que esas virutas blancas regadas en el piso las calificaríamos como desechos. Es lo que sobraría después de que, por ejemplo, un pliego de papel --que es ya sustancia porque tiene estructura-- ha tomado una forma de libro, folleto o catálogo entre muchas otras posibilidades. Sin embargo, reunidas en esa delgada transparencia se levantan del suelo como la mera cualidad del origen material de todo aquello expuesto ahí. Es el principio informe de lo que llegaría luego a manos del lector, de lo que pasaría por las herramientas del diseñador, de los objetos gráficos premiados en todos esos años y, más aún, del espacio físico donde ha circulado el diseño como discurso, como práctica, como cultura y como ethos. Con esto último me refiero no a conducta sino a modo o condición de existencia, esa que ha tenido el diseño editorial en Venezuela. La misma que le ha permitido reunir este archivo que no es un depósito sino el conjunto laberíntico de relaciones donde circulan los signos.
Adosados a las estelas, a metro y medio del suelo aproximadamente, encontramos un atril que sostiene un libro. Repartidas en los distintos atriles están las publicaciones hechas por Jost Hochuli, Irma Boom, Wolf Eribruch y Álvaro Sotillo, ganadores del importante premio alemán, para la colección La Galaxia de Gutenberg. El soporte metálico enlaza estela y libro en una armónica simbiosis expresiva y conceptual. Hace de puente entre esa huella del origen material de lo gráfico y el objeto de diseño. El sistema semiótico va de la abstracción de la materialidad a la concreción estructural de unos libros que están reunidos no sólo por un premio sino por el sugerente del título de la colección. Ese enlace llega, por lo tanto, en su extensión hasta lo que McLuhan señaló como la conciencia centralizada del ser humano en la era de la imprenta. Ese mecanismo visual y conceptual forma parte de la red donde circulan los signos de la sintaxis total de la muestra. Cada libro en un atril --tanto los que están junto a las estelas como los que se encuentran detrás de los paneles de vidrio-- y su relación con las cintas de papel expresan la provocativa simbiosis entre la materialidad, la sustancia y la forma desplegada ahí. Se trata de la reciprocidad dinámica entre libro y papel, pensamiento y objeto; discurso, cultura y diseño gráfico. Un espacio dado a las ilimitadas posibilidades del diseño. Una muestra estructurada en forma de archivo, como un jardín de senderos que se bifurcan en cada uno de los libros venezolanos premiados en Alemania.
[ diciembre 2007 ]
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