[ John Moore]
Diseñador Gráfico / Graphic Designer








 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Analice usted en este, el logotipo premiado, y evalué si responde a los conceptos antes enunciados, cuyos códigos connotantes fueron requisito definitorio de elegibilidad.

¿Es "cuidadosamente distante de los modelos mercantiles y capitalistas?, ¿Le recuerda a usted al logo de algún Banco conocido?, ¿Ve usted el modelo participativo?, ¿Y la integración hombre-Naturaleza?, ¿Es incluyente?, ¿Dónde está la comunidad?, ...¿No es un tanto estrecho ese techo y más aún si hay que sostenerlo para vivir con dignidad?

Logotipo paralelo de la Misión Hábitat

La imagen del Estado
Reflexiones sobre una identidad improvisada


John Moore

Si volvemos nuestra memoria al pasado descubriremos como las instituciones estatales en nuestro país han cambiado en innumerables oportunidades de nombre y de icono. En reuniones y comités se dan nuevos nombres, en un espíritu renovador que busca, en teoría, reordenar el aparato del estado y reasignar funciones en provecho del ciudadano.
Dentro de ese reordenamiento el estado crece y muta, se transforma y se subdivide, mientras su imagen es cada día mas indefinida, cambios de todo tipo hasta de corte ideológico terminan por configurar un estado que en términos de imagen es absolutamente incoherente e ineficiente.

A pesar de los esfuerzos por organizarla (si los ha habido), la imagen del estado venezolano pudiese verse como una gran competencia de miles de grafismos, de inconsistentes y diferentes grados icónicos que en su conjunto lejos de unificar, buscan diferenciarse conspirando unos contra otros; logrando al final un todo antiestético, fragmentado y caótico, alejado totalmente de esa imagen consolidada que un estado eficiente debe proyectar y transmitir. Una imagen no uniforme e inconsistente que delira y le cuesta y le ha costado al estado una gran grandísima suma de dinero, producto del despilfarro antiestratégico, un comedero de gastos que justifican la posible y factible gran corrupción en millardos de volantitos y papeles feos e ineficientes.

En resumen, una ineficiencia visual que lejos de sumar, resta; una respuesta palpable y evidente de la ineficiencia o inexistencia de una gestión gerencial estatal de imagen estratégica.

¿De donde nacen nuestros problemas?
Analicemos nuestros principales elementos de identidad de país.

Los colores patrios:
En la oportunidad en que me tocó crear los estándares de identidad del Pabellón de Venezuela en Expo2000 Hannover, Alemania, me topé con la realidad de que los colores de la bandera de Venezuela no tienen un estándar de compositivo o algún parámetro que permita definir la característica técnica de ese color. Ese amarillo, ese azul y ese rojo, y digo “ese” por buscar ese rasgo de unicidad de debería caracterizar a un color específico; es precisamente esa especificación la principal carencia. Dicho de otro modo: al no existir una norma que regule la composición del color el amarillo, por no estar especificado, puede ser cualquiera entonces, cualquier tonalidad de amarillo, sobre todo si contamos adicionalmente con el carácter subjetivo que el color tiene por sí mismo.

En una oportunidad durante unas elecciones de la 4ta. República frente al entonces Consejo Supremo Electoral se planteó una polémica sobre el uso de los colores de los partidos en función del estándar mundial “Pantone” (una especificación de color con el aval mundial de ISO). Se planteaba entonces que ningún partido debería usar el color “Pantone” del otro, cosa muy difícil de implementar pues el color es un genérico y no puede registrarse en propiedad.


La bandera nacional:
A pesar de que existe en nuestro país una ley de banderas y escudos, no existe ninguna especificación sobre el uso vertical u horizontal de la misma y tampoco las proporciones de cada franja, y ni pensar de una descripción del tipo de diseño o construcción de las estrellas y del origen del arco que ellas describen, mucho menos del uso de algún escudo específico y su ubicación, sin volver a caer en la incertidumbre el citado vacío de especificación del color.

El escudo venezolano:
Si bien se conocen descriptivamente los elementos heráldicos que componen cada campo, es de democrática concepción los grafismos a usar, no existiendo tampoco ninguna especificación del dibujo o un prototipo a copiar o repetir.


En la actualidad existe infinita cantidad de versiones del escudo sin que nadie conozca cual es la verdadera versión. Yo mismo coloque en Internet una versión de mi gusto, por aquello de sus buenas proporciones, pero ella peca de poca capacidad de reducción, una versión con elementos simplificados haría seguramente mejor trabajo y requeriría de ciertas lógicas restricciones de uso, así como tamaños mínimos o versiones monocromáticas.

En resumen nuestros principales elementos de identidad son: repetiblemente inconsistentes, sin un estándar o normativa que los regule, homogenice y los haga publicables, que les permita aparecer con la misma dignidad; una fluctuación de calidades que paradógicamente en los actuales tiempos digitales de multiplicación y clonación, se encuentra anacrónica y en peor situación hoy que en tiempos de Antonio Guzmán Blanco.

Una realidad así debería de llamar la atención de cualquier país inteligente, pero vemos por el contrario cada día y con mayor intensidad la gran irresponsabilidad y empirismo de los responsables de la “ingeniería de imagen” en las comunicaciones del aparato del estado.

Creo que el estado debe de revisar el modo ingenuo y la superficialidad con la que se ha venido manejando desde tiempos muy remotos la problemática de la identidad de nuestro país y que involucra su mas preciado activo.

Para muestra un botón:
Los concursos de diseño convocados por el estado

Una de las manifestaciones más empíricas de promover la participación ciudadana es originada en el pensamiento trivial y tradicional que se basa en el paradigma de que “cualquiera puede hacer un logotipo o un símbolo o emblema ”(peyorativamente designado como dibujitos). Tan evidente es, que incluso se ignora en la convocatorias de prensa la existencia de profesionales graduados o estudiantes de escuelas de diseño y se invita a participar al soberano pueblo de Venezuela para que se ocupe de tan delicado e importante activo del estado, sin que nadie sospeche no solo la injusticia de tal acto, sino las nefastas consecuencias de tal modo de actuar.

Dicho en palabras irónicas: es natural aquí en Venezuela que aviadores, amas de casa, plomeros y agentes de seguros participen con sus ideas en la gran fiesta del “dibujito”, claro teniendo naturalmente como jurados a maestros de primaria, abogados y arquitectos paisajistas o paramédicos.
Ciertamente me gustaría saber por que el diseño o la comunicación visual no es respetada como profesión, como si se respeta a la de arquitectos o ingenieros, ¿Qué pasaría si los concursos de arquitectura fuesen convocados de la misma manera?, ¿Se sostendrían esos edificios? ¿No se trata acaso de otra evidencia insospechada de nuestras calamidades?
Más aún… veamos las bases o soportes de esas convocatorias publicadas en prensa, sin ignorar las buenas intenciones que pudiese haber tenido el ente convocante:

En primer lugar se tiene la falsa creencia de que un identificador (símbolo, logotipo, emblema, etc.) es un absoluto receptáculo contenedor y portador de connotaciones muy diversas como las que se pretende atribuirle como requisito de elección a los convocantes, evidentemente para ellos ese icono superpoderoso puede ser “multi-polisémico” y transmitir conceptos diversos.

En la convocatoria al concurso “Misión Hábitat” de fecha; diciembre 20 de 2004 se comunica que el logotipo a premiar ha de significar o connotar:

• Defensa y reconstrucción de hábitat.
• Participación ciudadana como vía para construcción de un mejor hábitat
• El deber del estado, en artículo 82 de la constitución de proveer de vivienda digna.
• Equilibrio de convivencia entre el ser humano y la naturaleza.
• Que connote un cambio del modelo excluyente por uno incluyente.
• Convivencia en armonía con los centros de producción endógenos.
• Que la propuesta sea creativa, original y “cuidadosamente distante de los modelos mercantiles y capitalistas”.
• Que integre al diseño la designación Misión Hábitat y el eslogan “Porque un mundo mejor es posible”.

Pero hay que enfatizar sobre el punto de vista ideológico de la convocatoria, que resulta absolutamente empírico pensar que una gráfica pueda tener códigos implícitos en esa dirección: CocaCola o el Banco Santander seguramente son comunistas porque usan el color rojo, o la bandera estadounidense es comunista porque usa montones de estrellas, esas mismas que llevaban las juventudes comunistas en Cuba o la que ostentaba Mao en su boina revolucionaria. Aún más la esvástica usada por el partido Nazi sigue hoy siendo un símbolo sagrado del budismo en Asia. ¿No será que los símbolos reciben cargas culturales ajenas a su propia naturaleza denotativa y cambian de connotación de un grupo cultural a otro?, ¿Pretende acaso la revolución con propuestas como estas reeducar el inconciente colectivo de un día para el otro bajo esos paradigmas? Seamos realistas: ¿Cuál es el cambio?, ¿Existe algún aporte nuevo?, ¿Porqué no profesionalizarnos?

Por cierto y para crear mas confusión, paralelamente en ciertas páginas gubernamentales se grafica a esta misión con un símbolo distinto, tal vez uno de los finalistas ¿Será que no satisfizo las expectativas polisémicas?

Y volviendo al punto anterior sobre la participación en concursos de diseño; en todo concurso serio, incluso en los de carácter internacional, todo participante debe hacerlo bajo estricto anonimato, utilizando la figura de un seudónimo para evitar que su propuesta sea favorecida por algún miembro inescrupuloso del jurado; donde exista el compromiso y se respete el cronograma. Donde aparezca como requisito la lista de jurados y sea publicada nominalmente con los nombres, apellidos y oficios o cargos en la convocatoria. Y por ultimo que se cumpla responsablemente con los premios prometidos.


Yo en varias oportunidades he vivido en carne propia la desgracia de participar en concursos estatales y la desdicha también de quedar preseleccionado o figurar como ganador.

Estudiando todavía en el Instituto de Diseño Neumann a mediados de los 70, el recién creado Instituto Nacional de la Vivienda, convocó a un concurso para crear su nueva identidad. Johann Ossot, director de esa escuela y miembro del jurado se me acercó por aquellos días y me felicitó porque era un claro ganador; días mas tarde se elegiría un signo muy creativo constituido por tres casitas obra de la diseñadora Menena Cottin hija del Sr. Rodríguez Amengual, ministro de la vivienda durante el gobierno de Rafael Caldera.
En esa oportunidad tuvieron participación como jurados reconocidos diseñadores gráficos.

Desilusionado desde entonces no fue sino hasta mediados de los 90 que participé nuevamente en un concurso, esta ves para la identidad de Hidroven, para esa ocasión participé con unas siete propuestas. Muchas semanas después del tiempo anunciado de premiación se me participó por teléfono de que había sido preseleccionado, o sea de que mi propuesta estaba entre aquellas con mayor posibilidad, pero se me puso una condicionante no enunciada en las bases: ¡que debía hacer cambios que hicieran mas elegible mi propuesta! Paradógicamente no se me informaba acerca de cuales eran los cambios solicitados. Dado que esta situación era totalmente fuera de lugar, le comunique mediante carta escrita a ese jurado donde aparte de señalar la naturaleza irregular de dicha solicitud, no prevista en las bases, acotaba que “nada pudiese yo cambiar o replantear que ya no lo hubiese hecho durante los meses de estudio y preparación de mi propuesta”. Rechazada la oferta fui simplemente marginado de la opción a ganador; no obstante al final fuera objeto de reconocimiento por ser finalista en tres posiciones. El logotipo ganador fue asignado a un empleado de Sui Géneris Publicidad empresa que por aquellos días asesoraba a HidroCapital. Si en esta convocatoria asistí bajo seudónimo, no se explica entonces porque se rompió con las reglas, develando mi identidad y la de otros finalistas para llamarme por teléfono. El declarado ganador era evidentemente conocido con nombre y apellido perdiendo la virtud de elegirse en anonimato. Por cierto entre la lista del jurado de este concurso no aparecía ningún diseñador gráfico.

A finales del año 2000 acudí a la convocatoria por el diseño de una nueva cédula de identidad. Ya entrado el 2001 y tarde como de costumbre, recibí la agradable sorpresa de una llamada de quién fuera mi profesor en el Instituto de Diseño Neumann, por ese entonces vice-ministro y presidente del Conac Manuel Espinoza, participándome que mi propuesta había sido elegida como ganadora, que se había abierto el sobre bajo el seudónimo Aidi” descubriendo mi identidad y ahora era acreedor a cinco millones de bolívares y recibiría además un diploma como rezaba en las bases. La premiación debía realizarse al día siguiente pero fue cancelada por el arribo del Sr. Miquelena como ministro de justicia. Era la cédula inteligente” prometida para Septiembre del 2001.

Meses mas tarde se me participó que tenía un cheque en esas dependencias el cual recibí sin celebración alguna; el diploma aún lo estoy esperando. Mi diseño jamás fue utilizado y los venezolanos no pueden disfrutar de esa cédula sino de una versión no ganadora, una barata y mala imitación de aquella de la cuarta república que fuese originalmente diseñada por Jorge Blanco "“el naufrago". El soberano perdió esta ves la milonga de cinco millones de bolívares

No contento con esta nueva decepción, en el 2003 acudí a la convocatoria “Si crees en Venezuela ¡Créala!” de Inatur, donde se llamaba a la creación de un identificador para Venezuela y un eslogan. Cabe recordar que el conocido logo de Venezuela fue creado a finales de los 60 por Ars publicidad, lo recuerdo perfectamente pues fui testigo de su creación de manos de su creador, un artista cuyo nombre ignoro; eso fue durante una visita que le hiciera al entonces su director creativo, el diseñador, artista plástico y escultor Marcel Floris. Volviendo al tema y entusiasmado con la idea de participar para mi país, entregué a las oficinas de Inatur unas cinco propuestas. Meses más tarde de la fecha pautada y después de mucho silencio, la institución declaró desierto el concurso vía fax y no públicamente, alegando con aparente ironía que “ninguna de las propuestas había cubierto las expectativas creativas”. ¿!!? ¿Por qué no hizo público dicho injusto veredicto?


Esa cláusula por cierto no aparecía en las bases y fue un fallo desmedido para aquel que sí cree en Venezuela. Todo esto a pesar de mi carta manifiesto donde como creador tipógrafo explicaba en mi propuesta que la palabra Venezuela debería estar compuesta en base a tipografías creadas en Venezuela y no por caracteres tipográficos extranjeros como hasta la fecha han sido usados en todos los logotipos nacionales. Como resultado de su excursión Inatur adoptó un plagio del anterior identificador esta vez en negro sobre una atmósfera de rojo gubernamental y pésima fotografía y diseño.

He visto como señales positivas apuntan desde el gobierno a una revisión de esta materia. Actualmente y pese a su mal diseño disfrutamos de información oficial vía Internet. Intentos como el símbolo unificador de “Venezuela ahora es de todos” aportan claras intenciones de querer organizar la identidad estatal, pero ese es un intento aislado, cosmético y separado que no puede coexistir en medio del caos y el egoísmo reinante.
Venezuela clama por una identidad de país coherente, donde se implementen parámetros serios de diseño con la función a transmitir eficiencia y dignidad de la imagen del estado, parámetros unitarios en base a estándares repetibles, con normativas que determinen como son nuestros elementos de identidad y que acaben con ese espíritu de improvisación que tambalea nuestra identidad con cada gobierno de turno. Un país que ostente una tipografía creada como letra oficial que represente los ideales de organización y eficiencia, valores que estén por encima de intereses partidistas, con una clara visión de identidad de un país que está de cara al siglo XXI. La imagen oficial de país debe estar por encima de la rivalidad de identidades de organismos del estado que, llena de iconos absurdos le hace flaco favor a sus instituciones, ellas deben minimizar su presencia para integrase en una imagen global donde nuestro escudo debe sin lugar a dudas tomar una posición protagónica.

Pero si de algo estoy seguro, es de que nada de eso se ha de lograr si no intervienen en ese importante proyecto de país, los profesionales competentes en las disciplinas involucradas: diseñadores, semiólogos, asesores de imagen y los entes gubernamentales provistos de gerentes con una visión holística y una gran disciplina.

John Moore | Comunicador visual © 2005